Educación

Neuro… y vida buena-José María Fernández

Neuro… y vida buena: La educación ante la inmediatez, la transparencia y la instantaneidad.

El teatro se caracteriza por el recurso a la mediatez o mediación como fórmula de encubrimiento de lo aparente que permite la expresión de lo oculto. De ahí su carácter transgresor y su función catártica. Tras el maquillaje, el escenario de cartón y el vestuario de remiendos, se refugia el actor, que puede así volverse al público para plantearle un “Ser o no ser”.

El recurso a la mediación reconoce la condición limítrofe del ser que, habitando su inmediato condicionante, su límite, quiere mostrar lo que anhela como lo más auténtico de si mismo. Y que sitúa al público en el respetable ubículo de quien para ver necesita del espectáculo, de la experiencia de los visible en que consiste el mirar. El teatro plantea una propuesta, no de felicidad, sino de posibilidad: la de que nos hagamos cargo de la realidad y con ello, de vivir la vida. 

Estamos ante una invitación muy alejada de la llamada a la felicidad, ya sea reducida a la colección de “me gustas” y seguidores o a la experiencia de satisfacción o plenitud. El teatro, desde el simulacro del conflicto, la relación y la presencia humana nos oferta la alternativa de una Vida buena y, como la filosofía, aspira así a poco más que a la limitada experiencia de la paz, la acogida y la aceptación que no se resigna ante la muerte, sino que se vuelve a mirarla a la cara para decirle con voz humana “aquí estoy”.

Nuestro tiempo es poco teatral. Prefiere las series, los spots y videoclips, como portadores de mensajes, cargados o no de sugerencias, que se explican o insinúan como productos de asequible consumo. Sus autores probablemente conservan las premisas que llevaron a Aristófanes, Shakespeare o Valle a dirigirse a su público y al de todos los tiempos. Exigen menos, sin embargo, de dicho público, pues lo contemplan comiendo una pizza, en un conversación informal o en competencia compartida con el celular, la tablet o incluso un libro. Y para adaptarse, el mensajero acude a la “transparencia”. Porque el nuestro es el tiempo de la trasparencia y la positividad. Alguien nos ha vendido con bastante éxito que lo traslucido es bueno, que transparencia y honestidad van de la mano. ¿pero es así? ¿Lo transparente es lo verdadero o más bien es los invisible y por tanto lo que permite ser ocultado?

La antigüedad clásica equiparaba verdad a belleza y a bondad. La propuesta estética de lo liso, lo pulido y suave va unidad a ese afán por lo positivo que confunde transparencia con belleza, bondad y verdad. Pero la verdad es compleja,
obtusa, muchas veces oscura, siempre un tanto triste desde su origen más certero: lo único que sabemos con total certeza es … que vamos a morir.

El caso es que lo transparente excluye, paradójicamente el compromiso con la verdad y nos centra en la apariencia de lo que se muestra. Y acaso ¿nos hemos vuelto tan ingenuos como para creer que, al mirar, ya vemos y que, al ver, conocemos, sin más?

 

Nuestro sistema de percepción es un complejo entramado de representaciones que requiere de una basta estructura de mediadores fisiológicos y electroquímicos que acotan y recogen condicionantes culturales, sociales, lingüísticos o meramente individuales. No podemos conocer directamente: siempre lo hacemos mediadamente, a través de la opacidad que permite el reflejo de los fotones en la superficie de lo visible. Percibimos gracias a la ambigüedad perceptiva generada por el movimiento de la cosas o, en último término, de nuestras propias pupilas. La opacidad de la realidad, su dinamismo cambiante y la experiencia de relación a  través de la cual el humano conoce, nada tiene que ver con la transparencia.

 

Desde el punto de vista neurológico, la transparencia genera ciertas inquietudes para la educación. Sabemos que la curiosidad es el motor más poderoso, junto a  la necesidad, para motivar el aprendizaje. Y que sin una mínima motivación, no es posible tal aprendizaje. Nuestros sistemas de memorización de procesos y nociones se basa en la repetición de respuestas ante determinados estímulos. En la curiosidad, nos enfrentamos a la discordancia entre nuestro bagaje congnitivo y la experiencia perceptiva. ¿En qué lugar dejamos la curiosidad cuando triunfa la transparencia? Y en términos de Fe y Pensamiento ¿Dónde queda el Misterio? La curiosidad es la forma en la que Eros expresa nuestro anhelo de apertura cognitiva y hacedora, nuestra ansia generativa o gestaciológica, creadora. Una realidad transparente es incompatible con la generación de un mundo personal, de mundos personales. La defensa de lo transparente pretende la homogeneización de las claves que permiten contar con productores, y sobre todo consumidores, previsibles.    Lo transparente acaba con el misterio y mata la curiosidad (Y resulta muy útil para dotar de fiabilidad el manejo del Big data).

 

La transparencia en cuanto supresión de la mediación de lo aparente, de lo que requiere contemplación, lectura o interpretación, se expresa en términos topográficos o espaciales a través de la INMEDIATEZ. La inmediatez supone la supresión del proceso de desalejamiento, la evitación de la aproximación. Y cuando no se da la tarea de aproximarnos, el “prójimo” desaparece y es sustituido por lo “in-mediato”. Lo inmediato sin el ejercicio de acercarse, carece de interés y paradójicamente se vuelve anónimo, pues damos nombre a las cosas que identificamos en nuestra búsqueda, que seleccionamos en nuestro acaecer por la realidad. Acercarse a las cosas es distinguirlas, nombrarlas y concederles un lugar en el mundo: hacernos cargo de ellas. En la inmediatez no hay reconocimiento posible, solo mera presencia, fugaz o fosilizada en una instantánea  digital en la ausencia de relación. Lo inmediato se caracteriza, pues, por la supresión del encuentro que siempre supone una búsqueda, consciente o no, que constata la ausencia el anhelo o la necesidad.

 

Nuestra especia conoce a través de procesos, mediadamente, dotando de sentido las consecuencias del encuentro pues parte de su condición limitada y limítrofe. En esta experiencia, el encontronazo interpersonal es la clave que nos permite saber de nosotros mismos al reconocernos en la mirada ajena. La alternativa a ese reconocimiento mediado por la presencia reconocida del otro es el espejo de Narciso, el selfie, que es incapaz de devolvernos nuestra verdadera imagen, no ya por invertida como en el espejo, sino porque no existe un ojo que nos mire. Nuestro sistema neurológico necesita de la confrontación de rostros, de la mirada medial para saber y para saberse.

 

En su transposición temporal, la trasparencia es INSTANTANEIDAD. Ya no hay transcurso, sólo sucesión de presentes sin conexión entre si. La atomización del tiempo, que no su aceleración, hace desaparecer el relato, la memoria y el horizonte. Sólo queda la neurosis de hacer sin más, sin sentido. 

 

El conocimiento y el aprendizaje son un ejercicio de espera, pausa y selección en el tiempo. Neurológicamente requerimos el hábito de la repetición o el sueño que cuida la memoria a largo plazo. Nuestro cerebro solo se ocupa del instante en cuanto estímulo que presenta amenaza u oportunidad. Si se queda en él, vive angustiado y neurótico la experiencia de una realidad sin sentido, sin paz, sin posibilidad de verdad, sin belleza.

 

Entre los retos a los que se enfrenta la educación en estos tiempos de incertidumbre y hastío, no es menor el de identificar las propuestas socialmente aceptadas que socaban la labor de aprender. La mera positividad con su corte angelical de transparencia, inmediatez e instantaneidad es, a mi parecer, la manzana envenenada que puede convertir “el porvenir de nuestras escuelas” en un sueño de domesticación. 

 

Estas notas son deudoras de un relato inacabado, gestado en una anónima  correspondencia mantenida durante más de 40 años con Miguel Pérez del Valle, que generó la pregunta, con Eugenio Trías, que ,propuso la estructura del límite, con Peter Sloterdijk, que nos regaló el enfoque topológico de las esferas, con Byung-Chul Han, que ha hecho de la crítica a la transparencia la médula de su pensamiento crítico, con Elisa Fernández Bascones que nos proone el poder de la mirada y la llamada gestaciológica. Y con muchos otros, que compartieron su singular acogida de lo existente en páginas, charlas y discusiones al borde del mar, siempre mediadamente, acompasados en el tiempo que es distancia de siglos en el presente de una lectura, con una sonrisa y con lágrimas, en la bendita experiencia de encuentro que es aprender.

 

José María Fernández Rodríguez. Junio de 2021, sobre las notas de una charla impartida en marzo de 2019

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