Educación

Los nombres de la pandemia-José María Fernández Rodríguez

Los nombres de la pandemia.

Nos vendieron un entorno, especialmente virtual, rodeado de “likes”; nos empujaron a asumir como horizonte de nuestros anhelos la “felicidad”, confundiendo ambiguamente y abaratando palabras como plenitud o satisfacción; nos impusieron la norma de lo positivo que aparta la mirada de las experiencias del dolor, la muerte o el fracaso. Adobado todo con emojis arrobas y almohadillas, nos instalamos en la instantaneidad y la inmediatez renunciando a la construcción del relato y a la asunción o acogida de la realidad. Y en medio de todos los mundos de Yuppi, llegó la pandemia.

La crisis social y sanitaria que estamos atravesando ha puesto ante nuestras enfundadas narices el espejo que refleja el inexistente traje nuevo de un emperador sin reino cuya corona de humo fabricaron y vendieron los mercaderes de la simplificación y el autobombo. Consumidores ciegos y productores sumisos, ahora nos pretenden seguidores alienados, intransigentes ante cualquier diferencia de criterio, opinión o visión de la realidad, incapaces de cambiar o pensar de forma diferente. Nuestra capacidad crítica degenera infecciosamente en crispación o abatimiento ahogando cualquier posibilidad de reacción ante las amenazas de una realidad a la que hemos venido dando la espalda durante demasiado tiempo. Porque si solo podemos pensarnos en el enfrentamiento o en la sumisión, no podremos inventar ni descubrir respuestas a los nuevos retos.

En medio de un panorama tan poco esperanzador, la Escuela se significa como fuente esperanzadora de futuro. Ante el silencio de la Universidad y el griterio de la Prensa, sólo nos queda pedir a maestros y profesores el “milagro”, mientras se les somete a los caprichos de la manipulación de la mala política con revestimientos pseudoideólogicos. Y cuando se piden milagros es posible que sea porque solo nos queda aceptar tristemente el fracaso mientras los héroes de la salud, la seguridad y la manutención nos siguen protegiendo en la ultima línea de combate, delgada frontera con la muerte.

Sin embargo, estamos a punto de finalizar un curso escolar en el que esos maestros y profesores abrieron sus aulas en medio de la mayor de las incertidumbres, mantuvieron sus puertas y ventanas abiertas de par en par, bajo el envite incluso del sencillo frío que sustituiría al gélido miedo. Porque las pomposas afirmaciones y las complejas estrategias han sido sustituidas por limpieza y respeto. Nuestros niños, adolescentes y jóvenes han estado aprendiendo. Les acompañaron en esa aventura hombres y mujeres que se saben frágiles y vulnerables, a quienes merece la pena trabajar en la más hermosa de las empresas humanas, la de ayudar a otros a alcanzar las mayores cotas de autonomía personal. Y lo han hecho, ahora más que nunca, con los pies en la tierra, distinguiendo lo importante, mirando a sus alumnos a los ojos como hacía tiempo que no les dejaban los focos de burocracias, intereses e injerencias. El sentido de realidad ha llegado para quedarse y la Escuela lo ha acogido con la humildad con la que lo verdaderamente humano asume su condición limítrofe.

Y ese es el milagro. Durante un tiempo seguiremos gritando, nos abatirá el desánimo y sufriremos las consecuencias de nuestra torpeza. Mientras tanto, nuestros maestros seguirán ayudando a construir el mejor de los mundos posibles, el que Yuppi no descubrió nunca. No quieren nuestro aplauso ni nuestro agradecimiento. Por ellos, lo más importante que podemos hacer es dejarlos en paz, ese anhelo verdaderamente humano que refleja el mejor deseo que pueden intercambiarse los humanos: Shalom. A ellos les basta saber que en la memoria que fundará el relato de nuestros niños, quedarán grabadas a fuego las claves que les permitirán sobrellevarse en los peores momentos y disfrutar de los mejores: los nombres de sus maestros, los nombres que hicieron habitable los tiempos de la pandemia.

José María Fernández Rodríguez, consultor y asesor en el ámbito escolar.
Octubre de 2020.

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